GENTE DE SUCRE.-

De manera corrientísimo, el nativo del estado Sucre no se da
asimismo el gentilicio de sucrense sino, en su lugar, se llama
oriental. Y se llama oriental por una razón muy sencilla, que tiene
mucho que ver con la historia. Desde la llegada de los
españoles, al territorio que bordeaba todo el mar caribe, desde Paria
hasta la Goajira , se le llamó Tierra Firme, y a lo que hoy es, en mayor
o menor extensión, el estado Sucre, se le llamó “la parte oriental de Tierra Firme”. Y como la provincia se llamaba unas veces Cumaná, otras Nueva Andalucía, en ocasiones se encogía para comprender solamente a Cumaná y su entorno, la manera más gráfica que tenían los nativos de llamarse era la decalificarse como “orientales”. Cuando se les pregunta, incluso, en nuestros días: ¿De dónde eres tú?, responden, a menudo: “Yo soy Oriental”.

Agréguese a esto que la denominación del estado como “estado Sucre” es muy reciente, pues apenas tiene cien años de uso.

El oriental, entonces, se caracteriza por su carácter franco y abierto, bastante típico de todas las poblaciones costeras del Caribe. Tutea a todo el mundo, y se interesa de inmediato por conocer las circunstancias de familia y profesión de las personas a quienes empieza a conocer. El sonsonete y la articulación de su lenguaje oral es muy particular, porque pronuncia las frases con tanta rapidez que el oriundo de los Andes o de Maracaibo, por ejemplo, le es difícil entenderlo en sus primeras conversaciones, no se diga del extranjero, incluso los propios españoles. Además, con frecuencia se como las “eses” finales y hasta sílabas enteras, y cambia con facilidad la ere por la ele (mardito en vez de maldito). Por supuesto, es la impresión que recibe el que habla con un sucrense por primera vez, porque, en lo adelante, nota las buenas virtudes de su habla: musicalidad, giros graciosos, uso de metáforas inspiradas en la flora y fauna del lugar, y uno que otro arcaísmo (“yo no lo vide morir”).

El ambiente marino tan cercano, el sol tan despiadado de Araya y las sabanas del interior dan a la piel del oriental un tono cobrizo característico. Incluso, los rubios (“catires”) muestran una blancura castigada de la piel y un tono más bien ocre de sus cabellos.

El oriental ríe con facilidad, es hacendoso, trabajador, y se muestra muy cordial con el forastero, y muy campechano, hasta el punto que usa sin ninguna clase remilgos, por el contrario, con mucha naturalidad, palabras obscenas, muy suavizadas por la picardía ingenua con que son pronunciadas (ejemplo es el licor que llaman “singaparao”).

 

 

 

 

 

 
 
   
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